Ómicron o la factura del egoísmo, El Siglo de Torreón

Ómicron, la nueva variante del COVID, podría ser el nombre de una serie de televisión o de una novela futurista. Y en cierta manera lo es. Lo poco que aún se sabe de esta versión surgida en África es que tiene una capacidad de mutar muy superior a la de sus predecesoras. Eso significa un futuro plagado de incertidumbre. Por lo pronto, el solo anuncio de su existencia sacudió a las bolsas el viernes pasado y provocó la suspensión de vuelos desde África a buena parte del resto del mundo. A las medidas restrictivas que diversos países de Europa venían adoptando de cara al invierno y a la cuarta oleada de la pandemia, se suma ahora la enorme incógnita que Ómicron representa. Y ya era preocupante el anuncio de hace unos días de que el efecto de la doble vacunación se debilita aceleradamente pasados seis meses.

Habíamos aceptado que el COVID llegó para quedarse, pero dábamos por descontado que lo peor había quedado atrás y que en lo sucesivo constituiría una especie de Influenza más rigurosa, una enfermedad más molesta que mortal, gracias a las vacunas y al desarrollo de remedios para los síntomas. Pero esa presunción se está haciendo trizas rápidamente.

En las últimas horas los laboratorios han anunciado análisis de emergencia para asegurar que las vacunas que se encuentran en circulación siguen vigentes frente a esta nueva variante. Lo sabremos a ciencia cierta dentro de algunos días. Pero incluso si así es, la rapidez de mutación de Ómicron podría poner en duda, una y otra vez, tal garantía. Hasta ahora la Organización Mundial de la Salud, OMS, había designado las variantes de COVID con las letras del alfabeto griego en orden descendente: Alfa, Beta, Gamma, Delta. Por alguna razón decidió ahora saltarse varias de estas letras y llegar a la O, 15 de la lista, (Ómicron es la O breve, Omega la O larga). Pero a estas alturas está claro que, como los nombres de los ciclones que van agotando el santoral, nuevas variantes irán asumiendo otras letras griegas, lo cual nos condena a vivir con la esperanza de que ninguna de las siguientes versiones rompa el relativo blindaje que ofrecen las vacunas vigentes.

Sin ánimo de ser catastrofista, la biología no hace distingos ni existe un impedimento bíblico que impida una eventual mutación a algo mucho más letal para los seres humanos.

En ese sentido nos encontramos en una carrera contra el tiempo: acotar la reproducción del COVID antes de que surjan variantes aún más peligrosas. Por desgracia, el egoísmo de los seres humanos se convierte en nuestro peor enemigo. No es casual que las dos últimas mutaciones hayan surgido en India (Delta) y en África (Ómicron), regiones donde los niveles de vacunación son particularmente bajos. En las densas poblaciones de estas zonas el COVID encuentra un enorme campo de expansión y, en esa medida, de mutación incesante.

Los países más ricos han actuado de manera unilateral, haciendo lo necesario para salvarse a sí mismos sin darse por enterados de que vivimos en una burbuja planetaria. Delta requirió unas pocas semanas para convertirse en la variante predominante en Occidente a partir de su primera detección en el sudeste asiático. Con Ómicron está sucediendo aún más rápido. Este sábado varios gobiernos informaron haber detectado casos documentados en territorio europeo. Las potencias tendrían que haber entendido que la salud de un alemán, un sueco o un neoyorquino es tan frágil como la indefensión en la que vive un nigeriano o un paquistaní. La solución final contra el COVID es planetaria o no es.

El acaparamiento de las vacunas en las sociedades occidentales y sus remilgos para participar en una ayuda humanitaria que ponga a disposición de los países pobres una solución, más allá de lo testimonial o simbólico, se está volviendo en contra de los habitantes de las propias potencias.

La crisis de salud tomó al mundo por sorpresa a principios de 2020; los gobiernos reaccionaron con las inercias que estaban vigentes en un orden pre pandémico. Pero ahora tal estrategia está condenada a fracasar frente a los datos que comienzan a surgir y la amenaza de un nuevo ciclo de contagios. Tendríamos que asumir la lección y entender que nos encontramos ante una nueva oportunidad para hacer las cosas mejor.

Pero no solo tendría que cambiar la estrategia planetaria para enfrentarlo. Los gobiernos también tendrían que hacerlo de manera distinta al interior de sus propias fronteras.

En México se montó una logística de vacunación bajo la lógica de que se trataba de una intervención de emergencia y extraordinaria. Nada para presumir, pero se logró un cometido aceptable (ligeramente por debajo de Brasil, Colombia, Argentina o Turquía países con los cuales podría compararse).

Pero los nuevos datos revelan que el COVID llegó para quedarse y con él la necesidad de nuevas y reiteradas vacunaciones masivas. Lo que creíamos sería una campaña de una vez y para siempre de erradicación del virus, se convertirá en una tarea permanente de una forma u otra. Esto entraña una nueva estrategia. Por un lado, para no utilizar enormes contingentes de brigadas extraordinarias, ni hacer uso de escuelas y edificios públicos que se han reintegrado a sus rutinas. Y por otro, para permitir a los ciudadanos recurrir a la vacunación en farmacias o clínicas de barrio en cualquier momento, sin limitarlo a breves y restrictivos periodos.

Se entiende que el gobierno de la 4T haya asumido la responsabilidad absoluta del esfuerzo para inocular a la población a lo largo de 2021. Se trataba de un fenómeno demasiado intempestivo y desconocido. Pero ahora tendríamos que incorporar a la sociedad en su conjunto, sus recursos y su infraestructura, para hacer de la forzada convivencia con este virus una tarea de todos. Habrá que aprender a vivir con el COVID, si es que queremos vivir, punto.

@jorgezepedap






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